Con el panorama de la crisis financiera y económica, el Estado
español empezó a recortar por lo más delgado. Así el cierre de empresas y los
despidos se sucedieron –y se siguen sucediendo– dejando un tendal de
desempleados. Al calor de las movilizaciones y de la resistencia, la
transformación social (con la autogestión como elemento central) se asoma con
fuerza en el horizonte de España.
Hace apenas cinco o seis años, hablar de empresas recuperadas o
de cooperativismo en España hubiera sido manejar conceptos no sólo marginales,
sino profundamente ajenos a los intereses y vivencias de la gran mayoría de la
población. En el marco de la sociedad de la burbuja, el consumo desenfrenado y
la “fiesta” juvenil, nadie se planteaba –o sólo lo hacían grupos en extremo
reducidos o muy localizados geográficamente– la necesidad de trabajar para uno
mismo desde perspectivas horizontales o ajenas al mando capitalista.
Marinaleda o Mondragón eran experiencias autogestionarias de
dimensión global, pero lo cierto es que la generalidad de la población
hispánica permanecía profundamente ajena a los valores que las sustentaban. Sin
embargo, no siempre fue así. Sin tener que viajar tan lejos como a las
colectivizaciones surgidas en el marco de la Guerra Civil de 1936-39 (que
abarcaban gran parte de la industria, servicios y el agro de la zona
republicana), en el escenario de la llamada Transición española del franquismo
a la democracia, en los 70, la experiencia de la recuperación de empresas por
sus trabajadores jugó un papel trascendente.
Eran tiempos de crisis, fracturas y de grandes movimientos
populares. Fue al calor de los mismos que se fraguaron iniciativas como la de
Númax, una fábrica de electrodomésticos autogestionada por los operarios como
respuesta a su intento de cierre irregular por parte de los dueños, cuya
existencia quedó plasmada en dos documentales de Joaquím Jordá: Númax presenta
y 20 años no es nada.
Algunas de las experiencias de aquellos años sobrevivieron, pese
a todo, hasta la actualidad, como la barcelonesa Mol Matric, hoy responsable de
realizar los chasis de una línea de Metro de Barcelona, el tren y cientos de
máquinas industriales para empresas como General Motors; o la imprenta
Gramagraf, ocupada hace 25 años, y en la actualidad parte del grupo editorial
cooperativo Cultura 03.
Pero la Transición terminó. Y lo hizo como un gran fiasco. Las
líneas esenciales del régimen franquista fueron mantenidas en lo que constituyó
una simple reforma política que introdujo el país en el ámbito de la Unión
Europea y la OTAN, y que concedió ciertas libertades públicas; pero que no tocó
los mecanismos esenciales de reparto del poder económico y social. Los grandes
movimientos populares se deshincharon, y a la experimentación y la lucha las
sustituyó el “desencanto” y el cinismo. Las propuestas autogestionarias nunca
desaparecieron, pero fueron relegadas a un espacio puramente marginal.
Y eso fue así mientras la sociedad de la burbuja y su consumo
desaforado e irresponsable se mantuvo en plena vigencia. ¿Cómo?: fundamentado
en el crédito y la sobreexplotación del trabajo migrante y juvenil, mediante la
precarización de las condiciones laborales y la conformación de una legislación
de extranjería que fomentaba (de hecho) la actividad sumergida y sin derechos.
Al llegar la crisis financiera y económica actual, las
estructuras se modificaban y todo se movía: la escalada inmisericorde de la
tasa de paro hasta extremos no vistos anteriormente en la sociedad española y
la rápida degradación del tejido productivo y empresarial –al pincharse e
implosionar la burbuja inmobiliaria– generaron una situación radicalmente nueva
que implicó el inicio de grandes transformaciones económicas y también
socioculturales.
El paro y una pobreza revisitada empujaban a amplias capas de la
población hacia la economía sumergida y el cobro de los magros subsidios de un
Estado del Bienestar que nunca se llegó a desarrollar en España hasta la
magnitud alcanzada en los países centrales de Europa.
Los extremos (en puridad, extremistas) ajustes llevados a cabo
por los poderes públicos ante el desencadenamiento de la crisis de la deuda
externa generada por la socialización de las deudas privadas de las entidades
financieras provocaron el efecto que era de esperar: el Estado Español devino
un gigantesco páramo económico donde los cierres de empresas se sucedieron y
amplios sectores de la población empezaron a quedar excluidos de la actividad
productiva.
En ese marco se desataron los sucesos del 15 de mayo de 2011, e
irrumpió con fuerza el llamado “Movimiento de los indignados”, que expresó las
primeras tentativas masivas de resistencia al proceso de descomposición social
impuesto por las dinámicas neoliberales de la UE y los gobiernos españoles. A
partir de entonces, la arquitectura política de la sociedad volvió a ser un
elemento debatido y discutido públicamente. La política recuperó una cierta
centralidad en las conversaciones cotidianas y en las mentes de la generalidad
de la población. Hablar, ahora, de movilizaciones, de resistencia o de
transformación social (con la autogestión como elemento central) vuelve a ser
posible.
Pero ya en los meses anteriores, al calor del desplegarse de la
crisis, se habían ido expandiendo los gérmenes y las semillas de esta nueva
situación. Y el recurso de la recuperación de empresas por los propios
trabajadores había vuelto a ser pensable.
En ese sentido, ya en los primeros años de la crisis cerca de 40
empresas fueron recuperadas por los trabajadores y puestas a funcionar de forma
cooperativa, como afirma la Confederación de Cooperativas de Trabajo Asociado
(COCETA). Entre ellas podemos contar emprendimientos como la empresa de
robotización Zero-Pro de Porriño (Pontevedra), o la de muebles de cocina Cuin
Factory en Vilanova i la Geltrú (Barcelona), en la que el antiguo jefe
participó activamente en la cooperativización y donde todos los recuperadores
se impusieran un salario igualitario de 900 euros. También con apoyo del
propietario, se autogestionó en Sabadell la metalúrgica Talleres Socar,
reconvertida en la cooperativa Mec 2010.
Pero, quizás, la iniciativa más impactante y conocida sea la
puesta en marcha por los ex empleados del periódico de tirada nacional Público,
que dejó de editarse en papel el 23 de febrero de 2012 y dejó al 90 % de sus
trabajadores en la calle. Fueron esos mismos trabajadores los que constituyeron
la cooperativa Más Público, que trata de obtener apoyo social y financiero para
seguir publicando el periódico en formato mensual.
Sin embargo, pese a estas experiencias, no puede decirse que la
vía de la recuperación de empresas se haya vuelto algo habitual o extendido:
los trabajadores, en las situaciones de cierre, siguen prefiriendo masivamente
hacerse con las prestaciones que comporta un Estado del Bienestar cada vez más
menguante y en discusión. Las dificultades de la figura jurídica de la
cooperativa en el Derecho español, así como la casi ausencia de previsiones al
respecto en la Ley Concursal, junto a cierta pasividad alimentada por las
décadas de universo burbujil y conformista, probablemente fundamentan estas
limitaciones de la estrategia recuperadora.
Lo que sí parece cada vez más común es el creciente recurso del
cooperativismo de muchos desempleados que, ante la situación de anomia
productiva y de falta de expectativas de volver a ser contratados, recurren a
la posibilidad de capitalización de la prestación por desempleo para la
conformación de emprendimientos autogestionarios. Los ejemplos son innumerables
(como la cooperativa de electricidad renovable Som Energía, creada en diciembre
de 2010) y, en algunos casos, muestran evidentes vínculos con los movimientos
sociales (como los relativos a la conformación de experiencias a la imagen y
semejanza de la Cooperativa Integral Catalana, o los del ámbito libertario,
como la gráfica Tinta Negra). De hecho, de enero a marzo de 2012, se produjo la
creación de unas 223 cooperativas nuevas en el Estado Español.
No hay duda. Nuevos caminos están siendo recorridos por la
sociedad española, para bien y para mal. Y, entre ellos, el camino de la
autogestión empieza a ser cada vez más común.
ICEA
fuente: http://www.lahaine.org/index.php?p=66426
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